A medida de los personajes

A medida de los personajes

Hoy el rol de los autos en las series es más sutil, aportando matices a la personalidad de los protagonistas.

Los viejos héroes y sus corceles mecánicos

Casi contemporáneos en su nacimiento, el mundo del cine y el de los automóviles han tenido una estrecha relación a lo largo de la historia. La irrupción de la televisión no hizo más que profundizar ese romance, sobre todo con la apari­ción de las series. Quizás por el hecho de que más tiempo nos permite establecer relaciones más significativas, son las series las que nos han dado a los autos más queridos y re­cordados de la pantalla. Sobre todo en las décadas de 1960, 1970 y 1980, que constituyeron una especie de época do­rada para los programas de aventuras, en los que policías, detectives o agentes secretos resolvían misterios yendo de aquí para allá con sus épicos automóviles. Versiones mo­dernas del mito de Perseo y Pegaso: el héroe en su brioso corcel, en este caso de metal y cuatro ruedas.

Los ejemplos sobran: Magnum y su maravillosa Ferrari 308 GTS; Bill Bixby –El Mago– y su Chevrolet Corvette Sting Ray ‘74; el Ford Capri ‘78 de Bodie en Los Profesionales; el Volvo 1800S de Simon Templar en El Santo, la bella Ferrari Dino del plebeyo Danny Wylde y el Aston Martin DBS del aristocrático Brett Sinclair en Dos Tipos Audaces; el particular Peugeot 403 Cabrio del no me­nos particular detective Columbo, y por supuesto los tres más icónicos: el Ford Gran Torino ‘74 de David Starsky en Starsky y Hutch, el famoso General Lee, el Dodge Charger naranja que usaban los primos Duke en Los Dukes de Hazzard y el glorioso Batimóvil de la lisérgica Batman de los ’60.

Pero de un tiempo a esta parte –y simultáneamente al advenimiento de un protagonismo cada vez mayor de los autos en el cine (solo basta mencionar las sagas Rápido y Furioso, Transformers y Cars)–, esas relaciones idílicas y casi simbióticas entre los protagonistas de las historias y sus “monturas mecánicas”, han ido desapareciendo de las pan­tallas en el formato de las series televisivas. Pasa que desde aquella época, ciertamente mucho más naíf, la televisión ha cambiado mucho. Las series “de acción” se han desplazado al fantasioso mundo de los superhéroes venidos del comic; el humor pasa mayormente por las sitcoms (comedias de situaciones) que habitualmente se filman en interiores, y las nuevas grandes vedettes son las series “serias” (valga la redundancia), que reflejan historias complejas, realistas, mucho menos lineales que las de antaño. Quizás el último gran “héroe en su corcel” haya sido Sonny Crockett con su Ferrari Daytona (luego reemplazada por una Testarossa) que, de la mano del gran director y productor Michael Mann, marcó una transición entre el romanticismo del pasado y las complejas series modernas en la legendaria División Miami.

Menos épica y más realismo 

Es cierto, el protagonismo de los autos en las series ha dis­minuido, pero no por ello ha dejado de ser interesante, ni mucho menos. Sucede que las relaciones entre los protago­nistas y sus autos se han vuelto menos heroicas. Ahora ya casi no tenemos esos autos épicos, casi todos ellos despam­panantes, con atractivas historias sobre cómo llegaron a las series, quienes fueron sus propietarios y eventualmente cuánto valen y dónde se encuentran ahora.

Hoy el papel de los vehículos en las series es más re­alista, lo que agrega una nueva capa de interés. Los autos funcionan como sutil complemento de los personajes para reforzar o enfatizar ciertas características de personalidad o, por el contrario, introducir nuevos matices que expanden la complejidad del rol. Por eso, toma mucho más relevan­cia el lugar que ocupa cada marca y cada modelo en el imaginario popular. Y por eso mismo, si las relaciones están bien construidas, uno puede entender más a un personaje si sabe algo de autos, o bien puede aprender sobre autos si entiende bien al personaje.

Sonny Crockett tal vez haya sido el último de los grandes héroes montados en su “corcel mecánico”. Aquí junto a Ricardo Tubbs, su fiel compañero de aventuras en la legendaria División Miami.

A pesar del Product Placement 

Otra cosa que cambió el panorama desde la década de 1980 es el famoso product placement (“emplazamiento de produc­to”), la técnica publicitaria que consiste en inserción de un producto o una mar­ca dentro de la narrativa de un programa para que sea mostrado, citado o utilizado subrepticiamente por los actores. En este caso es al revés de lo que debería ser: en lugar de que el auto “vista” al personaje, de trata de que la relevancia de los perso­najes le aporte atributos al auto y genere empatía con los televidentes. Hoy por hoy, con muchísimo dinero en juego, es acertado pensar que la gran mayoría de las apariciones de autos (y otros pro­ductos de consumo) en la pantalla, son producto de acuerdos comerciales de este tipo.

Pero eso no quita que haya algunos casos de casting automotriz genuino (sin plata de por medio), o bien que aunque la haya la elección de los coches con­tribuya positivamente a delinear a los personajes.

De entre estos últimos casos, va aquí una paleta de ejemplos –exhaustiva pero no definitiva– que va desde las sitcoms más populares, hasta esas nuevas series “adultas” que nos generan adicción desde los servicios de streaming como Netflix.

El arrebato por tener algo fuera de alcance lleva a elecciones más obvias y banales, más como un reflejo de inseguridad que como una expresión de carácter. En ese sentido, Porsche y Ferrari son una fija.

Jerry Seinfeld, su BMW Serie 5 y su Saab 900 Cabrio en SEINFELD (1989-1998)

A lo largo de 11 temporadas, esta come­dia –reconocida como la mejor sitcom de todos los tiempos–, deleitó a su audien­cia, generó toneladas de fans y convirtió a Jerry Seinfeld en uno de los personajes de la pantalla más populares de todos los tiempos. Seinfeld se jactaba de ser una se­rie “acerca de nada”, pero terminó convir­tiéndose en un show “acerca de todo”. En ese contexto los autos no podían faltar, y de hecho hubo varios capítulos especial­mente dedicados al tema, mayormente en situaciones disparatadas, pero en los que aparecían bien marcadas las preferen­cias automovilísticas del protagonista.

Jerry (el personaje) es un agudo y ácido observador de la realidad, bastante astuto e inteligente, pero con una marca­da tendencia hacia el cinismo y el desa­pego por los demás. Desde los primeros capítulos se muestra como un tipo no demasiado ambicioso ni materialista: su trabajo como comediante (de stand up) le da un buen pasar, sin mayores sobre­saltos. El primer auto que se reconoce de su propiedad es un BMW Serie 5 (la 4ta generación producida entre 1987 y 1996), que muestra un costado mucho más aspiracional y refinado de lo que podría haberse esperado. Pero el Serie 5 funciona más bien como un reflejo de la típica relación que un newyorker de clase media tiene con su auto: en general lo usa muy poco y más bien lo “padece”, por los ridículos costos de estacionamiento y lo poco que le sirve en una ciudad en la que el transporte público es eficiente. Pero si tiene uno, tiene uno bueno. En general, el beeme nos habla menos de la personalidad de Jerry que de su condi­ción de neoyorquino, que incluye tam­bién un reflejo del gusto de la East Coast (Costa Este) más orientado al “paladar europeo” que en el resto de los Estados Unidos. Finalmente, tal es la displicencia de Seinfeld con su auto que llega al pun­to en el que simplemente lo deja aban­donado (para que se lo roben) cuando no puede quitarle el diabólico mal olor que un valet parking le deja impregnado al pobre 530i.

Algo que se va poniendo en evi­dencia con el correr de las temporadas, es el carácter neurótico y obsesivo de Jerry, que va sumando más y más TOCs (Trastornos Obsesivos Compulsivos) y comportamientos poco sociales. Su si­guiente auto –un Saab 900 Cabrio SE Turbo ’96– viene como anillo al dedo para ilustrar esa evolución. Porque Saab es una marca diferente: no es una mar­ca premium mainstream, sino más bien una “para entendidos”. El 900 encaja perfecto con ese costado raro y a la vez presuntuoso de Seinfeld, que siempre se precia de saber y percibir más cosas que los demás. La marca sueca tiene el toque justo de extravagancia como para encajar en ese tipo de personalidades neuróticas y obsesivas, pero a la vez le da un dejo de gentlemen driver (caballe­ro del volante). No es nada casual que el personaje más obsesivo de todos los tiempos –el Melvin Udall interpretado por Jack Nicholson en Mejor Imposible– también haya manejado uno.

Charlie Harper y sus Mercedes- Benz y Jaguars en TWO AND A HALF MAN (2003-2011)

Charlie es un cuarentón muy adinera­do, supuestamente exitoso en su trabajo (compositor de jingles publicitarios) y tiene todas las (malas) características de un mujeriego empedernido: es mi­sógino, homofóbico, borracho, hedo­nista, derrochón, alocado, superficial… y así hasta el infinito. Con ese perfil caricaturizado, y además viviendo en la soleada California, lo lógico es que su garaje hubiese estado ocupado por algún exuberante convertible italia­no –Ferrari o Maserati habrían ido al dedillo– o incluso algo más “autócto­no” como un Chevrolet Corvette. Sin embargo, Charlie se inclina por autos deportivos sí, pero de marcas sajonas como Mercedes-Benz y Jaguar. Pero hay buenas razones para ello. Para em­pezar, Charlie es un tipo bastante tran­quilo y si hay algo que no le interesa es llamar demasiado la atención. Además, también tiene una faceta que se con­trapone a la anterior y que lo muestra gran parte del tiempo en la búsqueda de una inalcanzable estabilidad emo­cional. Charlie se debate entre esos dos aspectos de su personalidad, y si bien en la mayor parte de sus acciones (cómo se viste, por ejemplo) prevalece la face­ta del libertino, los autos que elige son el reflejo de su parte más discreta y su búsqueda de seguridad. Ahí es donde encaja su preferencia por las marcas de lujo más tradicionales, especialmente Mercedes-Benz. Charlie no deja dudas al respecto: “No me gustan las Ferraris” llegó a decir en un capítulo, presiona­do por una inescrupulosa vendedora-amante que lo extorsionaba para que la compre. En su lugar, llevado al extremo de tener que elegir un auto de más de U$S100.000, optó por un Bentley…

Alan Harper, su Volvo V70 y sus autos aspiracionales en TWO AND A HALF MAN (2003-2015)

Gran parte de la comicidad de la serie descansa en el contrapunto permanente entre Charlie y su hermano Alan, que es su completo opuesto: tacaño, inseguro, sexualmente ambiguo, envidioso, arri­bista, reprimidamente ambicioso… Lo que se dice un verdadero “perdedor”. Alan aterriza en la casa de Charlie, luego de un divorcio del cual lo úni­co que pudo rescatar en la división de bienes fue… su auto: una destartalada rural Volvo V70 (1998 aprox.) que pasa a compartir el garaje con los lu­josos coches de Charlie. En los Estados Unidos, un rural Volvo es el mayor símbolo automovilístico de una fami­lia estable, predecible y conservadora: la manifestación de la seguridad. Eso es lo que Alan alguna vez tuvo y sueña con volver a tener, mientras “parasita” en la casa de Charlie. Pero Alan tam­bién tiene una contracara: su desmedi­da ambición por tener una vida igual a la de su hermano. Por eso se embarca en todo tipo de disparatadas aventuras, que muchas veces incluyen poco menos que vender su alma al diablo para poder tener algunas de las cosas que Charlie tiene y que él tanto envidia: mujeres, dinero y reconocimiento. Así, termina embarcándose en imposibles aventuras automovilísticas, como la compra de un Porsche Boxster (sin saber que era considerado un auto “femenino”, por lo cual es víctima de permanentes burlas y comentarios sarcásticos) y, –ya sobre el final de la serie– nada menos que de una Ferrari 458 Spider. Por supuesto que to­das esas aventuras terminan mal, y con Alan cada vez un poco más quebrado (económica y moralmente) que antes.

En términos automovilísticos, la serie es muy interesante porque plantea un contrapunto entre la seguridad de poder tener lo que se quiera (Charlie) que deriva en gustos personales y sofisti­cados; y el arrebato por tener algo fuera de alcance, que lleva a elecciones más obvias y banales, más como un reflejo de inseguridad que como una expresión de carácter. Y en ese sentido, Porsche y Ferrari son una fija.

Si las relaciones están bien construidas, uno puede entender más a un personaje si sabe algo de autos, o bien puede aprender sobre autos si entiende bien al personaje.

Walden Schmidt y su Fisker Karma en TWO AND A HALF MAN (2010-2015)

Cuando Sheen fue echado a patadas de la serie por malos comportamientos, su reemplazante –Ashton Kutcher– pro­puso un personaje totalmente distinto. Su Walden Schmidt es la caricatura del típico nerd que “la pegó” con la venta de una startup tecnológica y se convirtió en billonario. Walden es brillante en los suyo pero emocionalmente incompe­tente: inocente, infantil, inseguro… una especie de niño-hombre. Por eso para él el auto es un juguete, más que un símbo­lo de status o poder. Y el juguete elegido no desentona con su condición de millen­nial hipertecnologizado, con conciencia ecológica y mucho poder adquisitivo: un impresionante Fisker Karma. Cualquiera podría pensar que le hubiese ido mejor un Tesla Model S, pero hay que recono­cer que a fines de 2011 (cuando Walden aparece en la serie) el Fisker cumplía me­jor con el rol de sedán deportivo eléctri­co exótico y espectacular, acorde a uno de los tipos más facheros de Hollywood. Como comentario final, hay que decir que finalmente surgió otra asociación imprevista entre Schmidt/Kutcher y el Fisker Karma: muy bonitos ambos, pero también un rotundo fracaso.

Walter White y su Pontiac Aztek en BREAKING BAD (2008-2013)

De todas esas nuevas series con una elevadísima calidad de producción, Breaking Bad es una de las que más pa­siones ha despertado. Cuenta la historia de Walter White, un talentoso pero frus­trado profesor de química, que cambia radicalmente su vida al enterarse de que tiene un cáncer terminal. A partir de ahí, Walter decide usar sus conocimientos para producir metanfetamina de gran calidad y así comienza una carrera cri­minal que lo termina convirtiendo en uno de los más crueles e inescrupulosos mafiosos que haya visto la pantalla.

El vehículo que Walter maneja des­de el capítulo uno de la serie llamó la atención hasta para los que no saben absolutamente nada de autos. Es nada menos que un Pontiac Aztek, un mo­delo que tiene el dudoso honor de estar en cuanta lista de autos más feos de la historia haya dando vueltas por ahí. Si bien era un auto muy avanzado (fue el primer SUV de General Motors), su as­pecto poco agraciado lo condenó a ser uno de los fracasos más rutilantes del gigante estadounidense en los últimos tiempos. En casi todos los sentidos, el Aztek fue un auto fallido, y ahí radica la genialidad de haberlo incluido en la serie como el auto del protagonista. Porque Breaking Bad no trata realmente acerca de las drogas, sino de la caída de Walt en un abismo moral. Y es por eso que el Aztek es tan apropiado, casi me­tafórico: en el fondo representa algo feo, no muy diferente del camino que sigue Walt a medida que el espectáculo se va desarrollando.

A lo largo de la serie, el Pontiac va su­friendo todo tipo de castigos (choques, atropellamientos, balazos), pero aun así Walter lo mantiene consigo durante más de cuatro temporadas. Finalmente, cuando ya es más que una chatarra ro­dante, se lo vende a un mecánico por apenas 50 dólares. Lo reemplaza nada menos que por un intimidante Chrysler 300 SRT8, que encaja mejor –es decir, con más obviedad– con su nuevo perfil de capo narco. Pero aquí ya entramos un claro caso de product placement, ya que a partir de ese momento la mayoría de los autos del show pasan a ser del Grupo Chrysler. Y no es lo mismo.

Hank Moody y su Porsche 911 (964) en CALIFORNICATION (2007-2014)

Es cierto que la Californication no alcan­zó la popularidad de otras de las series mencionadas aquí, pero no podía faltar, porque la relación entre el protagonista –Hank Moody, interpretado por David Duchovny– y su Porsche 911 es una de las comuniones más perfectas, por lo su­til y lo explícita a la vez, entre un perso­naje y su vehículo.

Hank es un escritor en decadencia, recientemente divorciado, cuarentón, que lleva una vida plagada de excesos, especialmente alcohol y mujeres. Es el típico pendeviejo que no se resigna a dejar escapar la juventud, y vive la vida como si tuviese 20 años. Por eso que su auto sea un Porsche 911 (Cabrio) es casi una obviedad, ya que el inmor­tal deportivo alemán es una especie de símbolo rodante de “la crisis de los 40”. Pero Hank también tiene una hija ado­lescente y una ex esposa a la que todavía ama y sueña con recuperar (o al menos impedir que rehaga su vida con otro). Esa lucha interna entre su apetito por la vida estilo “sexo, drogas y rock’n roll” y su necesidad de ser un marido y padre responsable, lo vuelven un ser torturado, oscuro y a veces insensible (pero no por ello menos encantador, más bien todo lo contrario). Ahí aparece lo interesante de la relación entre Hank y su 911, ya que el auto es un perfecto reflejo de su due­ño: está dañado por dentro y por fuera, y siempre parece necesitar una ducha, o un lavado en este caso. A lo largo de la serie, el Porsche se va deteriorando cada vez más, a diferencia de Hank, que parece ganar vitalidad con el correr de los capítulos. Así, el 911 termina cum­pliendo un rol parecido al del retrato de Dorian Gray: una especie de lienzo de metal en el que se van depositando todas las cicatrices de su dueño, mientras este persiste en la persecución de una eterna juventud.

Es por eso que el Aztek es tan apropiado, casi metafórico: en el fondo representa algo feo, no muy diferente del camino que sigue Walt hacia el lado oscuro, a medida que el espectáculo se va desarrollando.

Ray Donovan y su Mercedes-Benz CLS en RAY DONOVAN (2013-…)

Ray Donovan es otra de esas perlas te­levisivas de nicho, absolutamente re­comendables. El protagonista –que da nombre al programa– es un “soluciona­dor de problemas” que trabaja al servicio de lo más selecto de la alta sociedad de Los Ángeles. Traducido, esto significa que se dedica a arreglar –por las bue­nas o por las malas– los chanchullos de empresarios, deportistas y variadas estre­llas de Hollywood y Beverly Hills. Pero Ray no pertenece a esa clase social; por el contrario, proviene de una sórdida familia ligada al crimen y al boxeo. Es un ser tosco, violento y carece de cual­quier tipo de refinamiento. Si fuese por su personalidad, le hubiese sentado a la perfección manejar un típico muscle car americano o una pickup heavy duty. Pero no, Ray maneja un soberbio Mercedes-Benz CLS 550, lo que habla de su intuiti­va inteligencia, ya que–junto con sus im­pecables trajes italianos– funciona como su carta de presentación en ese frívolo y superficial mundo en el que se mueve. Es simple: como en la vida misma, la marca Mercedes-Benz es un símbolo de poder y pertenencia, por eso Donovan y su Mercedes hacen una suerte de “pareja despareja”, pero totalmente funcional y complementaria. Ahora bien, la elección del CLS 550 no es un detalle menor. Porque el famoso “coupé de 4 puertas”, además de portar la deseada estrella en la parrilla, grita a los cuatro vientos: “soy grande, poderoso, viril… y puedo llegar a ser brutal cuando sea necesario”.

 

 

Patrick Jane y su DS19 en EL MENTALISTA (2008-2015)

El Mentalista sí es una de esas series más clásicas de detectives, en una tradi­ción narrativa que viene desde Sherlock Holmes (o más bien desde Hércules Poirot, el anti-heroico investigador bel­ga creado por Agatha Christie). Patrick Jane es un excéntrico personaje que por sus extraordinarias habilidades de observación (y manipulación) es reclu­tado para colaborar con la Policía de Los Ángeles. Siempre en el límite de lo ético, Patrick no resuelve las cosas con valentía o destrezas físicas, sino con mucha astucia, “leyendo” y jugando mentalmente con los sospechosos hasta encontrar al verdadero culpable. Su mo­dus operandi, casi displicente y “hacién­dose el otario“ recuerda mucho al gran Teniente Columbo, ese gran maestro en resolver crímenes haciéndose sub­estimar mientras va atando cabos que nadie más puede ver. La comparación entre el Jane y Columbo no es casual, ya que se extiende al auto que cada uno maneja. Columbo tenía un (poco cuida­do) Peugeot 403 Cabrio, una total rare­za para la época en los Estados Unidos, mientras que Jane se mueve en un her­moso Citroën DS19 de 1971. Ya el solo hecho de manejar un auto francés en los Estados Unidos es un descarado desa­fío a las convenciones, más aún en un ambiente tan macho-chauvinista como el policial. Pero además, el DS expresa a la perfección la compleja y encantadora personalidad de Patrick Jane: su elegan­cia sin esfuerzo, su cierta ambigüedad moral, su atemporalidad y su falta de “apuro” por resolver las cosas. Cuando Jane hace su aparición en la escena del crimen con su extravagante DS, es una señal inequívoca de que muchas cosas sorprendentes van a pasar.

Bobby Axelrod y TODOS sus au­tos en BILLIONS (2015-…)

Billions es, tanto desde el punto de vista televisivo como desde el automovilísti­co, la serie más interesante que se puede ver hoy en día. Por la trama y por la can­tidad y calidad de autos que aparecen, es tan rica y compleja que sería merecedora de un artículo entero. Simplemente di­gamos que Bobby Axelrod (interpretado por un impecable Damian Lewis) es un brillante e inescrupuloso inversionista, que desde un origen humilde devino multibillonario (sí, de esos que tienen varios miles de millones de dólares). Bobby –Axe para los amigos– es el epí­tome del macho alfa y, como no podría ser de otra manera, le encantan los autos y las motos. A pesar de sus billones, Axe es un tipo que siempre luce de manera muy informal: zapatillas, jeans, remeras y buzos con capucha. Pero su garaje es una especie de enorme (y carísimo) guar­darropas que le permite “vestirse” para cada ocasión. En cada escena en la que aparecen, los autos de Bobby contribu­yen a potenciar de una manera extraor­dinariamente precisa la carga dramática del relato. Así, para ir a las reuniones de negocios en la ciudad (Manhattan, por supuesto) usa su elegante y estatutario Range Rover Sport; en sus momen­tos de ocio y relax sale a pasear por los Hamptons con su americanísima moto Indian Four; cuando quiere intimidar a alguien en una negociación se apare­ce con un feroz Dodge Charger RT del ‘69. Cuando se siente algo inseguro saca del garaje su infalible Porsche 911; cuando está furioso sale a patear traseros con su salvaje Jeep Wrangler, y si tiene que llegar rápido para insultar a su ar­chienemigo, toma la ruta con su rabiosa Ferrari 430 Spider. Ah, y si tiene que hacer un regalo realmente importante a una mujer (que no es la suya), en lugar de una joya le obsequia una Maserati GranTurismo Sport Coupé, que es más o menos lo mismo. No caben dudas, el tipo tiene mucha plata y de autos, sabe.

En cada escena en la que aparecen, los autos de Axe contribuyen a potenciar de una manera extraordinariamente precisa la carga dramática del relato.

BONUS TRACK

Gregory House y su Honda CBR 1100 Repsol Edition en DR. HOUSE (2004-2012)

Sí, esta vez se trata de un product place­ment, pero es de los que valen la pena, porque pocas veces la breve aparición de un vehículo resultó tan disruptiva en una serie y a la vez tan consistente con la complejidad de un personaje. Claro que en este caso no fue un auto, sino una moto: la Honda CBR 1100 Repsol Edition con la que de improviso se apa­rece el doctor Gregory House, otro de los Sherlock Holmes de la TV contem­poránea. La sorpresa se produce porque House es prácticamente un minusválido (tiene una pierna casi inmovilizada) y no se supone que la gente en esa condición ande en una moto, menos en una muy similar a las que se usan en el Moto GP.

Pero el Dr. House es un tipo impre­decible, tan brillante como autodestruc­tivo, y tan manipulador como sarcástico. Y la CBR 1100 es justamente eso: una broma de dos ruedas con la que House se burla de la vida y de su particular con­dición, y demuestra que está dispuesto a vivir al borde del abismo solo por el placer de ver la cara de incredulidad de sus allegados, o para demostrarle a todos cuán poco cariño se tiene a sí mismo. Es cierto que cualquier moto racer (de he­cho cualquier moto en general) podría haber contribuido a mostrar esa faceta caprichosa y provocativa de House. Pero la Repsol Edition le agrega un enorme plus de provocación: ver una moto con esa gráfica en un ambiente “de médicos” provoca justo el tipo de desconcierto que la serie pretende transmitir.

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